El ultimo Grito de #EPN

El ultimo Grito de #EPN

Viva el cura Hidalgo, viva el talento de los modistos. Cuarenta mil millones de pesos y seis gritos después, los vestidos de Angélica Rivera, cónyuge del presidente, compiten en Internet –y en la exclamación aprobatoria de las primeras filas en la plaza– con la solemnidad del Grito de Independencia.

Los gritos de Peña fueron la suplantación del fervor patrio por el acarreo de ciudadanos del estado de México donde, pese a su debacle electoral, el PRI del presidente tiene una reserva para la escenografía.

El Estado Mayor Presidencial cumple una de sus últimas misiones. Controla eficientemente los accesos a la plaza mayor. Sorteados los retenes, los chilangos sólo pueden llegar a la altura del asta bandera. La zona frente a Palacio Nacional ha sido ocupada, como todos los años desde que Peña llegó a la presidencia, por personas venidas desde los municipios conurbados. La única diferencia en el último Grito de Peña Nieto es que esta vez los acarreados no visten de rojo. El otro grito, el de las urnas, no deja mucho espacio a la ola roja mexiquense.

El presidente que pensó que gobernar el país sólo sería un poco más complicado que hacerlo en Toluca, merece una suave despedida. Bajo los balcones están el personal militar, la prensa y unos cuantos invitados. A una buena distancia, detrás de la primera reja metálica, las primeras filas son de entusiastas que gritan “¡Peña, Peña, Peña!”, una vez que el hijo predilecto de Atlacomulco cumple el ritual de manera ortodoxa.

La curva de aprendizaje del mexiquense da frutos. En su primer grito, en 2013, Peña Nieto bajó la vista en cuatro ocasiones, para estar seguro de que mencionaría correctamente los nombres de Josefa Ortiz, de Mariano Matamoros, de Ignacio Allende. “¡Viva México!”, cerró, mientras puntitos verdes de láser le llenaban el rostro.

En aquel año, Peña se estrenaba en la Presidencia y estaba a punto de lograr, gracias al Pacto por México, la aprobación de un ambicioso paquete de reformas.

De cualquier modo, no hubo fiesta. Con medio país bajo el agua, Peña tomó el micrófono en el patio del Palacio Nacional sólo para anunciar que se retiraba para atender la emergencia. Lo mismo ocurrió el año siguiente.

En 2015 la cena de gala fue suspendida con el argumento de la necesaria austeridad derivada de la caída de los precios del petróleo. Así siguió el país, porque en 2016 la nota para muchos fue que Angélica Rivera, cónyuge del presidente, se sumó al ahorro con un acto trascendental: usó, qué barbaridad, la misma prenda azul que había vestido en una cena con los reyes de España. Los mexicanos deben agradecimiento eterno a su espíritu austero.

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